Hubo un tiempo —no tan lejano— en que San Felipe fue sinónimo de desarrollo, industria y empleo digno. Una ciudad viva, con decenas de fuentes laborales que iban mucho más allá del ciclo agrícola. La curtiembre Lafon, la fábrica de cordeles de cáñamo, la Metalúrgica Andina, entre muchas otras, daban sustento permanente a familias completas. La economía local giraba en torno a la producción, el esfuerzo y la estabilidad. Hoy, esos nombres apenas sobreviven en la memoria de unos pocos; son parte de un pasado que no ha tenido relevo ni continuidad.
Factores ligados a la globalización, la concentración de capitales en zonas más competitivas, el desinterés por la manufactura local y una alarmante falta de visión por parte de nuestras autoridades han provocado el éxodo de empresas, empleos y oportunidades. La ciudad no supo —o no quiso— reinventarse. En vez de impulsar políticas de reconversión económica o formación técnica seria, nos conformamos con la llegada de un mall chino o un par de supermercados, como si eso bastara para generar futuro.
Y mientras el discurso oficial se enreda en promesas vacías y en cifras desconectadas de la realidad, las ollas comunes volvieron a aparecer, como un triste síntoma de retroceso. Algo que creíamos superado, propio de otras épocas. Pero no. Hoy son parte del paisaje habitual de San Felipe. No como una anécdota, sino como una necesidad estructural.
En este contexto, resulta imposible no destacar el trabajo de la Olla Común del Pueblo, que cada domingo alimenta con dignidad a cerca de 500 personas en diversos sectores de la comuna. Pantrucas y pan fresco repartidos con respeto, organización y, sobre todo, amor. Lo hicieron vecinas, voluntarios, la comunidad LGBTIQ+ de la Corporación Féminas Diversas de Aconcagua. Sin cámaras, sin sueldos, sin contratos. Solo con compromiso real.
Acciones como esta —silenciosas, pero profundamente humanas— dan una lección que la política y el poder muchas veces olvidan: cuando el Estado se ausenta, el pueblo se organiza. Pero no deberíamos acostumbrarnos. No deberíamos naturalizar la precariedad como única respuesta.
San Felipe merece más. No solo por su historia, sino por su gente. Merece que las autoridades retomen una visión de desarrollo territorial, que entiendan el potencial de sus habitantes, que impulsen educación técnica, cultura, industria local. Que dejen de administrar la pobreza y comiencen a construir futuro.
Mientras tanto, la olla común no solo entrega alimento, sino también esperanza y dignidad. Porque donde el Estado no llega, llega el pueblo. Y eso, aunque duele, también emociona.
Por Julio Hardoy Baylaucq
Comunicador Audiovisual
DIRECTOR PRELUDIO COMUNICACIONES






