Por Catalina Varela González, Estudiante de Periodismo PUCV.
Hablar de Aconcagua es hablar de una historia que, demasiadas veces, ha sido contada en voz baja. Durante décadas hemos sido reducidos a “el patio trasero” de Valparaíso y Viña del Mar, como si nuestro territorio fuera solo un corredor de paso entre la costa y la montaña. Pero Aconcagua no es un accesorio. Nunca lo fue.
La centralización —esa forma elegante de decir olvido— nos ha negado reconocimiento, recursos y protagonismo, pese a que cada una de nuestras comunas sostiene identidades y aportes que forman parte esencial de la historia del país. Putaendo fue el primer pueblo libre de Chile, pero rara vez aparece en los relatos oficiales.
Los Andes, ventana universal a la cordillera, sigue siendo destino obligado para quienes buscan la altura, el viaje, la memoria. Panquehue resguarda viñas que el marketing turístico jamás se ha preocupado de mostrar. San Felipe, con su tradición agrícola y cultural, rara vez se considera más allá de una nota al pie.
Somos pocas comunas, sí. Estamos más lejos de los centros de decisión, también. Pero eso no nos hace menores: nos hace persistentes. Hemos defendido nuestra agua, nuestro territorio, nuestra identidad y nuestra posibilidad de ser región por derecho propio.
Porque lo que aquí se construye no es un anhelo romántico: es una apuesta política, cultural y social por existir en nuestros propios términos.





